sábado, 12 de mayo de 2018

Adiós Buyuk.


Nuestros perros siempre han sido maestros de afectos, inteligencia y nobleza.

Estoy segura de que en el Paraíso tiene que haber un precioso curruncho, con una portela como la de nuestra finca, donde estos maravillosos amigos nos esperen para indicarnos el camino.

Como hacías tú siempre que llegábamos a casa, corriendo delante del coche, como si no confiaras en que pudiera subir la pequeña ladera sin tu ayuda.

¡Tan blanco! ¡Tan Bello!

Adiós Buyuk.







sábado, 24 de marzo de 2018

Final del invierno.

El invierno toca a su fin. Desde mi dormitorio, cuando las lluvias torrenciales azotaban con furia el ventanal que mira al sur, me parecían inspiradoras de una gran sinfonía, pienso que Beethoven entendería su mensaje.


Todavía hace frío, el jardín está empapado y es urgente podar los rosales. Pero también es absolutamente necesario recuperar el ritmo de trabajo, algo enmohecido por el duro invierno, mis 86 primaveras, y el feo catarro que fue mi afable compañero un largo mes.

Sí fue afable. Los primeros días algo ruidoso - pero enseguida nos hicimos amigos y lo pasamos muy bien juntos. Hemos disfrutado de la música y de mis viejos amigos los libros de cabecera. Algún nuevo libro quiso acompañarme, pero reconozco que soy algo reacia a las novedades.

También por primera vez usé el iPad como pantalla para entretenerme con alguna vieja película… y lo disfruté.


Ayer, ya recuperada, decidí que el primer trabajo sería proporcionarle al jardín un ligero maquillaje. Gracias al entusiasmo de mi querido ayudante Celso - y con una pequeña ayuda por mi parte - removimos tiestos, rastrillamos las hojas amontonadas por los vientos y retiramos las hierbas invasoras, como la tradescantia (amor de hombre), que ya cumplieron su función de dar una nota de verde en los cortos y grises días de invierno.



Hoy empezaremos con la poda. Haré solamente una ligera intromisión, solo los híbridos de té serán podados de la manera tradicional. En el caso de los rosales ingleses, así les llamo habitualmente, aunque no todos lo son - me refiero a los rosales que siendo cultivares modernos tienen las cualidades de forma y perfume de los que adornaban los antiguos jardines y tantos cementerios - me limitaré a retirar ramas secas o dañadas y aligerarle algo el centro para que reciban más luz.

También les daré el aporte habitual de abono químico con bastante fosfato y potasio.

Y al terminar la poda los rociaremos con sulfato de cobre para protegerlos en cierta medida de los hongos.


Y esperando que Mayo nos regale una vez más su festival de color y perfume… ¡Feliz Primavera!


domingo, 24 de diciembre de 2017

Chas-chas… ¡Por aí ben vas!

 
Natal... Na província neva.
Nos lares aconchegados,
Um sentimento conserva
Os sentimentos passados.


          (Fernando Pessoa, en 'Poesias')

Leí esta poesía cuando llevaba varios años lejos de la aldea donde había pasado mi infancia. Por aquel entonces no sabía quién era Fernando Pessoa, pero memoricé en seguida el primer verso y pensé que seguramente ese poeta añoraría tanto como yo la Navidad vivida al calor de la lareira.

La lareira, el corazón de las casas rurales en Galicia. En ella durante el invierno el fuego no se apagaba nunca.

En mi casa, debajo de la campana de piedra teníamos la cocina económica y el mesado en el que me encantaba encaramarme, y así abarcar todo el movimiento de la cocina. Era un espacio grande y sin obstáculos para mis correrías: solo las dos sillas bajas colocadas delante del fuego y las sillas de rejilla arrimadas a la pared. La mesa era un tablero unido a la pared por una bisagra en uno de sus extremos, que normalmente estaba plegada en posición vertical, y que solo se bajaba a la hora de la comida. Las alacenas ocupaban los huecos de debajo de la escalera que subía al sobrado, así llamaba la abuela al piso de arriba.

 Esta casita, junto a la nuestra, todavía conserva parte del encanto de antaño.

Para las comidas de la matanza, las que reunían a tantos parientes y amigos, teníamos al lado de la cocina un largo y estrecho comedor con una larga mesa. En el comedor estaba el amado chinero, donde la abuela guardaba las vajillas, la cristalería y los juegos de café, que yo podía contemplar - siempre embelesada - pero tenía absolutamente prohibido tocar.

Recuerdo que a escondidas, con gran sigilo, abría las puertas para poder contemplar a gusto - y quizá tener en las manos por algunos momentos - piezas que para mí representaban la más absoluta belleza.

La Navidad en aquellos años de plena guerra, y en los años siguientes, poco tiene que ver en el modo de vivirla con las celebraciones actuales. En la iglesia Don Balbino - el santo sacerdote de nuestra aldea - con su sabiduría, buen gusto y elegancia, montaba un Belén que en mi memoria es el más hermoso de cuantos pude contemplar en toda mi vida

En casa a Noite Boa no la celebrábamos con grandes cenas, eran tiempos muy duros. Sí recuerdo el gran bizcocho, y a Mamá Esperanza, mi abuela, que agradecía tener el azúcar suficiente para poder hacerlo. El azúcar era muy caro y escaso.

Cenábamos siempre sentadas en las bajas sillas delante del fuego. Esos días casi siempre coincidían con temperaturas muy bajas, en que los carámbanos de hielo colgaban de los aleros de los tejados... pero los grandes troncos de roble ardían en la lareira día y noche, y quizás gracias a ellos yo no tengo ningún recuerdo de haber sentido frío. El único problema desagradable del invierno eran los sabañones. ¡Y los tenía por mi culpa! Muchas zurras llevé por mi costumbre de chapotear en el agua del regueiro.

La cena sería frugal, pero después de ordenar la cocina venía la mágica hora de los cuentos...

Con mis cinco o seis años aún mi abuela me sentaba en su regazo y su voz me llevaba a tiempos muy lejanos, cuando los hombres y los animales todavía hablaban entre si.

Sentadas delante del fuego, alumbradas con la luz del candil, era fácil percibir las maravillas de tiempos pasados.

De todos aquellos relatos el que recuerdo con más emoción es el de la fuga de la Sagrada Familia a Egipto.

Intento recuperar las palabras de la abuela, en el gallego de mi aldea; que en aquellos tiempos era diferente del que se hablaba a 10 kilómetros de distancia. No había por aquel entonces ni academias de la lengua ni canales de televisión para homogeneizar el lenguaje.

La abuela empezaría así:

En aqueles tempos en que Nostro Señor veu ao mundo, quixo nacer nun sitio moi pobre que se chamaba Belén, perto de “Jesusalén”.

Seus país na Terra chamábanse María e José.

Sua nai - María - era moi noviña e moi linda. Seu pai, que era carpinteiro, xa tiña anos, pero era un home santo. Eles viaxaban a Belén cando María se puxo de parto e tiveron que se recoller nunha corte porque non toparon sitio nas pousadas.

Pero entón miña filliña, viuse no ceo un gran sinal, unha estreliña moi brillante que viña de Oriente e guiaba uns homes de moito poder e moitos saberes. Eran Reises, de terras de moi lonxe, que viñan procurando un recén nacido… ¡Que sabían que sería o Rei do Mundo! Querían adoralo.

A estrela parou onde estaba o neno deitadiño nun pesebre, súa nai Nostra Señora envolverao nuns panos, e na corte estaban as vaquiñas e as ovellas que lle darían calor.

Tamén uns pastores, que estaban no alto do monte a gardar os rebaños, viron esa estreliña - que tanto alumiaba - que se parara enriba da súa aldea. Baixaron logo para saber o que sería, e cando chegaron toparon os Reises, que eran tres, e chamábanse Melchor, Gaspar e Baltasar, e estaban a ofrecerlle ao Neno moitos tesouros: ouro, incienso e mirra.

Pero outro Rei moi malo, que se chamaba Herodes, e tamén viu a estrela. E como lle dixeran que anunciaba que nacera un neno que sería o Rei do Mundo, deu logo orden para que o mataran. ¡E para que non o puideran salvar de ningún xeito mandou matar todos os menos recén nacidos!

Entón un Angel apareceulle a José e díxolle: “José, colle a María e mailo neno e fuxe para terras do Exipto, onde quedarás hasta que eu te avise, pois Herodes - ese algoz - quere matar o neniño”.

José logo obedeceu, aparellou o burro no que viaxaban, montou nel a María co neno no colo e púxose a camiño.

Tiñan moito camiño por diante, e pra mais penas, déronse conta de que uns soldados os perseguían. Como estaban chegando a un cruce de camiños, escolleron o mais estreito e escuro, onde cantaban moitos paxariños. Sería polo anoitecer.

Cando os soldados chegaron ao cruce non sabían qué camiño coller, entón preguntáronlle a unhas chascas que estaban pousada nun muro: “Chasquiñas ¿vistes pasar uns camiñantes con un burro e un neno recén nacido por aquí ?” As chascas - que eran ruíns – cantaron:

Chas-chas… ¡Por aí ben vas!
Chas-chas… ¡Por aí ben vas! 


Pero alí pertiño estaban uns paxariños moi pequeniños, pero moi bos, que se chamaban pimpíns. E salvaron a Nostro Señor pois puxéronse a cantar ben alto:

Pim-pim… ¡Por aquí non vin!
Pim-pim… ¡Por aquí non vin!
Pim-pim… ¡Por aquí non vin!


Así que os soldados, como non sabían qué camiño era o bo, deron a volta.

Nostra Señora, agradecida, abendizoou os pimpíns, que serían sempre alegres saltadores, cantando de rama en rama, e amaldizoou as chascas, que vivirían entre os toxos e farían os niños rente á terra.

¡Gracias Mamá Esperanza por enseñarme a creer en los milagros!

Que la paz de la Navidad pueda morar en nuestros corazones.

Aquí os dejo un pequeño video de nuestro jardín, deseando unas felices Fiestas para todos.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Verdes otoñales.


Con la poca lluvia caída y algunos riegos en profundidad el jardín mantiene un bellísimo manto otoñal.


Flores, muy pocas. Aquí y allá alguna bella rosa, pequeñas matas de setembreras con sus tonos azul-violeta y, animando la gama de los verdes, el rojo estridente de la salvia.


En plena belleza están los árboles de hoja caduca, mis queridos compañeros de tantos años: robles, arces y cerezos.






Hay quien opine que es un jardín descuidado… Me vais a perdonar la pedantería, pero yo lo comparo con las hermosas fotografías de los ancianos campesinos marcados por los años y los muchos soles.

Los jardines son seres vivos que en su ansia de luz a veces sufren los excesos que puede producir el crecimiento desordenado y la caída precoz de las hojas. Estas son sus arrugas, causadas por su caminar bajo el sol, la luna y las estrellas

Yo confieso que es en esta época cuando más lo contemplo; y quizás cuando más lo disfruto.

Solo siento no tener habilidad fotográfica suficiente para poder captar toda la armonía que el otoño le proporciona.

Paz y Salud para todos.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Plantar menos, cuidar más.


Este otoño, hasta el día 15, fue más caluroso que el mes de julio, ni siquiera por las noches caía rocío, y así la tierra se resecó y las plantas se agostaron.

Regamos más que durante el verano, y aun así nos parecía que el agua se evaporaba sin penetrar en profundidad en la tierra.


Algunos rosales no lo resistieron; quizás por haber abandonado los tratamientos con los fungicidas estaban menos resistentes. O simplemente porque su ciclo de vida ya se había cumplido.

Así que dedicamos algunos días a retirar, con alguna tristeza, aunque con espíritu de agradecimiento, todos los que no solo habían perdido todas sus hojas sino que incluso tenían las ramas renegridas y secas.

Luego llegó el fuego…



Ya han pasado unos días y los terribles incendios fueron apagados.

En esta ocasión nuestra aldea tuvo mucha suerte, el fuego se paró a menos de dos kilómetros.

Me he asustado tanto que estoy deseando eliminar los viejos y altos pinos que rodean el jardín por el lado norte; son las torres de vigía de los cuervos y los arrendajos, y también el palco de sus ruidosas peleas. Mi pena es grande, pero creo que la prudencia aconseja talarlos.



Yo le hablo al jardín repitiendo que tenemos que usar el sentido común… No es fácil.

¡Cómo me gustaría poseer sabiduría y gran elocuencia para conseguir convencer a los que tienen el poder de decidir! Junto con ese poder tienen la obligación ineludible de usarlo para conseguir una política sensata en la utilización de nuestros recursos forestales.

Queda muy bien de cara a la platea publicar “Estamos plantado tantos miles de árboles…”. Pero solo eso no es suficiente. ¿No sería más sensato plantar menos y cuidar más?

¿Acaso sería tan difícil establecer un programa razonable de limpieza de montes? ¿Y no podríamos aprovechar toda la biomasa que se generaría para calentar nuestras casas, que con nuestro clima tan húmedo nos hacen temer tanto al invierno?

Estas reflexiones son un pálido reflejo de la profunda pena, rabia e impotencia que me domina.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Luz de agosto.



Agosto fue para mí durante muchos años un mes de grandes esfuerzos. La escasez de agua de mi pozo me obligaba acarrearla a cubos desde un regato cercano a la casa - locuras de juventud.

Afirmaba la gente de la aldea que el rocío de la noche llegaba para que las plantas bebiesen - y seguramente así era para las plantas autóctonas, pero yo temía que los jóvenes rosales se marchitasen.

Pero no es ésta la única razón de mi poca simpatía por este mes.

No me gusta su luz cruda y dura que marca todos los contornos del paisaje. En el nuestro predominan las grandes rocas de granito de tonos acerados - dueñas de nuestras serranías - y aumenta su belleza la suavidad de los tonos algo apagados que produce el sol cuando pasa más bajo en el horizonte; luces suaves y apaciguadoras.


Las altas temperaturas de agosto, según decían los mayores de la aldea, atraían a las tormentas, y las tormentas secas – cuando no iban acompañadas por lluvia - provocaban incendios en los montes.
No recuerdo que los incendios fueran asustadores, ya que en aquella época los montes estaban cuidados, pero sí causaban disgustos.

Eso ocurrió cuando mi amigo Samuel no pudo salvar el viejo buxo (boj) de las Cascadiñas, que le proporcionaba las ramas de suficiente grosor para hacer algunos “utillajes”. Recuerdo esa palabra, que me resultaba extraña, pues yo apenas tendría 5 o 6 años y hablaba solo en gallego.

Este agosto no fue más descansado que el de tiempos pasados, y no por falta de agua, ahora tenemos un pozo artesiano suficiente para nuestras necesidades, pero era como si el agua encontrará vías de escape y no tuviera la posibilidad de empapar la tierra.

Supongo que la causa es que todos los bancales de los rosales están minados por los roedores, que no atacan a las raíces, pero sus caminos no son beneficiosos para las plantas, por ellos el agua discurre con facilidad y escapa hacia otras zonas.


Tuvimos una primera floración muy hermosa, pero luego con los duros golpes de calor casi todas las plantas sufrieron deshidratación. No solo las hojas se secan, también las jóvenes ramas se deshidratan, y al tener que retirarlas algunos rosales como Cornelia de Pemberton y muchos de David Austin llegaron a septiembre con el aspecto que suelen tener en febrero, o casi.


No quisiera dar la sensación que estoy cansada del jardín. Al contrario, parece que es como un reto.
El otoño llegará con el aire fresco, nubes bajas, nieblas y lluvia. Y trabajaremos con entusiasmo limpiando y retirando en la medida de lo posible las hojas caídas para quemarlas y así intentar aminorar la proliferación de los hongos.


Intento programar los trabajos para poder realizarlos sin agotarme, ya que los años me limitan un poco. Trabajar de sol a sol y a buen ritmo ya no me es posible, aunque con buen ánimo le daré la razón al dicho italiano: “Piano, piano, si va lontano.

Y siempre con un sentimiento de gratitud por tantos momentos felices que me regaló este espacio de tierra, que tantas generaciones cuidaron y amaron, estoy segura de que con esfuerzo, sacrificio y alegría.

Os dejo algunas fotos de las floraciones de julio y de los primeros días de agosto, y algunas más de estos últimos días, menos brillantes y menos lozanas.
 
  
  
 


 

sábado, 15 de julio de 2017

Salvar a los rosales de un calor excesivo.


En esta zona de Galicia, la media montaña de la provincia de Pontevedra, junio tiene fama de mes ventoso.

Este año no faltó a su cita, el Nordeste sopló con furia arrasando en pocas horas una hermosa mata de Espuelas de caballero (Delphinium) que con su maravilloso color azul enmarcaba y aumentaba la belleza del arriate de rosales en tonos pastel de David Austin y Peter Beales.

Después del viento - y aunque aún no había llegado el verano - sufrimos una verdadera canícula, con temperaturas de hasta 38 grados centígrados.

Los rosales plantados en tierra resistieron sin problemas, aunque las rosas se marchitaron muy pronto, lo que obligó a retirarlas para acelerar una nueva floración …y porque a mí el "desaliño" en el jardín me afecta. Tonterías de jardinera aficionada.


Sin embargo los rosales plantados en tiestos acusaron rápidamente el exceso de calor y tuvimos que recurrir al viejo truco de “darles de beber” varias veces al día, teniendo el cuidado de tener el agua de riego templada por el sol; nunca se deben regar con agua muy fría en las horas de más calor.

Mi primer maestro en los cuidados de las plantas - que ahora estará llenando el Paraíso con hermosos setos del boj que tanto amaba - me diría allá en mi lejana infancia: “As plantas son como a xente, ti nunca bebas auga moi fría se estás acalorada, pode matarte, porque pódeche cortar o estómago.”. Me sonaba a magia.

No recuerdo mucho más, aunque sí los cubos que tenía distribuidos por el huerto, siempre llenos de agua que acarreaba desde una carrola, un canal de piedra por el que corría el agua fresca, que tenía junto a la puerta de su casa.

Aún con estos cuidados algunas hojas amarillearon, así que decidí darles un aporte de quelato de hierro. Lo agradecieron tanto que ya tienen capullos formados para la segunda floración y también algunas hermosas rosas abiertas.


Pero incluso con todos mis desvelos hay plantas a las que no consigo contentar, os pongo un ejemplo: hace algunos años me propuse lograr un efecto de color al final del seto de azaleas y Cotoneaster que separa el arriate de los rosales del camino de acceso a la casa. Eso - que en mi imaginación parecía tan sencillo - acabó siendo imposible.

Para intentarlo construí un trípode con cañas de bambú de dos metros de alto y plantamos en su base dos clemátides viola, que tienen un intenso color azul y profusa floración. A continuación le entremezclamos tres pequeños rosales trepadores que encontramos en un vivero de la frontera: uno con rosas tipo híbrido de té, de un luminoso color amarillo, otro que me pareció muy adecuado pues tenía racimos de pequeñas rosas blancas con reflejos rosados, y un tercero que, aunque me gustó menos pues las rosas jaspeadas no son mis preferidas, me convenció por su aspecto saludable y el bonito brillo de sus hojas.


Pues bien, el rosal amarillo ha crecido alejándose todo lo que puede de la clemátide, siempre hacia el sol naciente, y con una floración pobre. El rosal de las pequeñas rosas blancas floreció bien el primer año, y luego “se pasmó”, pues ni crece ni florece.



Solo el rosal jaspeado logró abrirse camino entre la maraña de las flores azules. Aunque no es mi preferido, como no es bueno tener soberbia, cuando me acerco le digo: “Sé que haces lo que puedes. ¡Muchas gracias!”.


Este año están floreciendo más temprano los Agapantos, están en plena floración los Hemerocallis y ya asoman las bellas flores de los Phlox, que hacen tupidas matas entre los rosales.




Los Phlox son fáciles de cultivar, no son exigentes y se multiplican con mucha facilidad, y además nos regalan al atardecer un suave y leve perfume que se expande por todo el jardín.


Con el buen tiempo la eira – el patio empedrado al aire libre - es nuestro comedor favorito. Aunque está orientada a poniente, dándole el sol toda la tarde, tiene para refrescarla la sombra de un corpulento arce, una frondosa Magnolia soulangeana y un tupido emparrado que mezcla parra virgen, una clemátide montana, tres rosales trepadores (Helenae, François Juranville y Ena Harkness). También ayuda a la sensación de frescura el cantar del leve chorro del agua en la fuente cercana.



En las noches templadas y algo húmedas es un placer cenar al aire libre y disfrutar las diferentes notas de los perfumes, el murmullo del agua y el sonido de los sapillos y de las aves nocturnas que ululan en los árboles próximos.